“Quería ladrarles. Ladrarles y ladrarles. Pero en realidad quería ladrarle al mundo entero. Unos ladridos que se escucharan en el orbe y que dejaran bien sentado su disgusto.” Cuando niño, Joaquín Riste era un soñador paranoico y resentido que escapaba por medio de la fantasía de su infancia oprimente en un monoblock del barrio de Flores. En su mundo imaginario, él era un dóberman y un showman que fascinaba al público y deslumbraba a las mujeres. Ya adulto, se convierte en chofer y mano derecha de un alto funcionario de la Cancillería. Corre el año 1994. En tiempos en que …
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