Año 14 d. C., Octavio Augusto ha muerto y, tras las honras fúnebres, ha sido proclamado dios. Cleóstrato, un esclavo griego ya anciano, es libre para escribir la historia silenciada en vida del difunto: la epopeya de Imborg, la guerrera. Testigo mudo de los hechos, atesora en su memoria los detalles. Recién nombrado emperador, Augusto se desplazó al norte de Hispania para culminar la conquista definitiva del territorio peninsular, creyendo que la victoria sería fácil y, tras el paseo, celebraría el triunfo por las avenidas de Roma. Pero en un pequeño poblado de la cordillera Cantábrica, una mujer, presa de …
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