A nuestro alrededor viven multitud de familias en las que hijos e hijas de treinta años o más aún comparten techo con sus padres. Dado que dichas familias se han convertido en habituales, puede resultar muy útil ofrecer algunas claves para que las relaciones entre padres e hijos discurran por cauces tranquilos.
¿Servirán aquí los mismos principios que hacen felices a las familias con hijos pequeños o habrá que recurrir a otros completamente distintos? ¿Será posible fijar normas con personas que ya no son niños ni adolescentes? ¿Se conseguirá, al mismo tiempo, compartir con ellos las experiencias importantes de la …
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